Crecimiento Personal


La familia es la cuna donde recibimos el don de la existencia y donde experimentamos el amor y la ternura desde el mismo momento de ver la luz de este mundo. En ella compartimos momentos de intensa alegría y profundo gozo. ¿Quién no recuerda, por ejemplo, la víspera del día de Reyes, un cumpleaños, aniversarios o el fin de carrera de los hijos?
La familia regala el amor y el bien con absoluta gratuidad, sin pedir nada a cambio. Las grandes virtudes de la vida: el amor, la solidaridad, la comprensión, el perdón, la generosidad, el espíritu de trabajo, la capacidad de sacrificio, la ayuda al enfermo y al anciano, la reciedumbre para hacer frente a los problemas de la vida… son plantas que nacen y crecen de modo armonioso y eficaz en la familia. La familia también es el refugio al que podemos volver, cuando nos han fallado todos los demás. La familia es el lugar donde cohabitan las diversas generaciones y el espacio en el que aprendemos la práctica y los valores de la convivencia. Todos los gozos y todas las penas son compartidos en la familia. Por eso, vivir la familia es una fiesta continua, incluso cuando surgen los inevitables problemas y dificultades de la vida.
Tener una familia es una gran suerte y un inmenso regalo, y tiene un atractivo irresistible. No es extraño que sea la institución más valorada por las nuevas generaciones y el destino natural al que se encaminan gozosas. Es verdad que tampoco faltan nubarrones en su horizonte y que los problemas se multiplican. Pero la familia formada por una mujer y un varón de modo estable y para trasmitir la vida, es una fuente de felicidad y de gozo. Una fiesta continuada.
Esto no quiere decir que en la familia normal todo sea un camino de rosas. La experiencia, a veces, es dura. Baste pensar en los momentos en que se pierde un miembro por muerte natural o quizás por accidente, la separación o el divorcio, pues los que ven la familia como algo grande no son inmunes a las propias o ajenas deficiencias. Con todo, siguen creyendo que ella es un gran bien para la persona y para la humanidad y se gozan de ello. Por eso, nada más lógico que las familias se reúnan para celebrar juntas y compartir el gozo y la alegría de ser familia. Sin otro objetivo que pasarlo bien, hacer fiesta, disfrutar, cantar y bailar, poner en común lo que cada una experimenta en el propio hogar.
Te proponemos crecer con nosotros a través de la vivencia familia, compartir tus experiencias, enriquecerte con las nuestras.
Si buscas vivir un proceso de autoayuda, crecimiento personal o espiritual piensa que nunca podrás realizarlo sólo. Eso es un acto limitado y egoísta.
Todo proceso de crecimiento comienza por aquello y aquellos que nos rodean en la vida.

Es el primer paso para sentirse completo, alcanzar la felicidad y permanecer centrados, equilibrados y serenos en la vida.

Las cadenas del ego ¿Quien es el ego?



EL SER HUMANO – EL EGO
Un proceso de desarrollo personal, de superación, de liberación, es una búsqueda de libertad, (La primera definición es volver a la madre).

El camino de la auto-ayuda es descubrir quién es el enemigo, quien te ataca, quien puede hacerte más daño. Una vez lo descubres tienes la clave de todos los males.

Para descubrir quiénes somos realmente (y no me estoy refiriendo a la personalidad), hemos de aprender primero cómo están formados los seres humanos. Y hemos de aprender también qué es lo real y qué es lo irreal en el mundo en que vivimos. Porque en ese conocimiento está la clave para descubrir nuestra verdadera identidad. El Yoga nos enseña que los seres humanos vivimos engañados, creyendo que es real lo que no lo es, y eso afecta también a nuestra identidad.

Para el Yoga la Realidad es el conocimiento de la existencia eterna, de la existencia infinita y de la existencia que subyace en todas sus formas, en todos los cambios y en todas las fuerzas de la materia y del espíritu.

Podemos entender mejor esto si ponemos como ejemplo el cine. Cuando vamos al cine, nos encontramos un proyector y una pantalla blanca. Cuando se enciende el proyector, aparecen imágenes en esa pantalla, imágenes que al espectador le parecen reales, tan reales que llega a identificarse con ellas. Por eso puede llorar, reír o sentir miedo, según sean las imágenes que está viendo.
Esto ocurre incluso con la televisión, siendo un buen exponente de ello esas novelas llamadas popularmente “culebrones” con las que la gente se identifica de tal modo que llegan a veces a obsesionarse con el guión y los personajes.

No hay duda de que las imágenes acaban siendo muy reales para el espectador. Sin embargo, se trata de una ilusión, porque nada de lo que está viendo es verdad.

Si se apaga el proyector de cine, lo único que queda es la pantalla, porque ella es la única realidad. Así sucede con el mundo material, al que nosotros vemos como una película y creemos que es lo único que existe.
Cuando uno está inmerso en el mundo, todo lo ve como real, pero si va más allá de las formas físicas, éstas desaparecen.

Cuando alguien descubre quién es realmente, entonces es consciente de que no es su cuerpo, sino algo mucho más trascendente. A eso le llamamos alma, ser, o espíritu. Lo de menos es el término que queramos utilizar. Lo importante es saber que eso es, y no nuestro cuerpo físico, nuestra verdadera identidad.
La persona que entiende esto, comienza a llamar Ego a lo que antes identificaba con ella misma. Ha aprendido que todos tenemos una identidad falsa llamada Ego, y una verdadera llamada Ser.

Para entender esto mejor debemos recordar las enseñanzas que nos dicen que nosotros estamos formados por cuatro cuerpos, y no sólo por el físico, como mucha gente cree.
Esos cuatro cuerpos son el cuerpo físico, el cuerpo mental (mente pensante), el cuerpo vital (emociones), y el espíritu. El cuerpo físico, con el mental y el vital, forman el Ego. Éste pues se alimenta de nuestros pensamientos y de nuestras emociones.

Este Ego es por lo tanto el origen de todo lo indeseable en la vida, o sea los conflictos, los problemas, los sufrimientos, el dolor, etc.
Este Ego está siempre activo, excepto en el sueño profundo o en la meditación profunda, estados en los que la persona se desconecta del mundo exterior.
Cuando dormimos profundamente, desaparecen todos nuestros problemas cotidianos, no hay preocupaciones ni emociones negativas, porque tanto el mental, como el vital y los sentidos físicos, están aletargados.

Sin embargo, en ese estado somos la misma persona que en estado de vigilia. Pero algo fundamental ha cambiado: no pensamos ni sentimos, no estamos sujetos a la mente ni a las emociones. Pero cuando despertamos por la mañana, aparece otra vez el Ego, el cual vuelve a actuar a través de los sentidos, y puede dar la impresión de que es la verdadera identidad.

Pero sabemos que eso es un espejismo, que no es verdad. En realidad, la situación sigue siendo la misma que durante el sueño, sólo que en éste el Ego no está manifestado, y el Ser sí. El Ser pues está siempre presente, estemos o no dormidos, porque es nuestra realidad. En el estado que llamamos de vigilia, aparece el Ego y se aprovecha del Ser. Dormir, estar despierto, sueño o vigilia, son sólo diversos estados mentales que no afectan a la permanencia constante de nuestra verdadera identidad.
Es un hecho que si queremos desarrollarnos plenamente, hemos de aprender a debilitar al Ego, porque él es como una nube que nos impide ver el sol.
El Ego es en el fondo un estado de servidumbre que nos impide tener libertad plena.
Él puede convertir a una persona en su esclavo, en alguien que obedece ciegamente sus órdenes. El ser humano que se deja arrastrar por él, que sólo vive para él, es su prisionero.
El individuo tiene que ser consciente de su verdadera identidad y trabajar arduamente para que sea ésta la que prevalezca en sí mismo. Sólo así irá poco a poco siendo más libre
Cada vez que se desconecte del mundo exterior, cada vez que haga algo positivo en su vida, estará rompiendo las cadenas que le mantienen unido al Ego.

De qué hablamos cuando hablamos de EGO



Uds. podrán ver en la foto a personas establecidas sobre un suelo transparente, pero con una estructura metálica y reforzada que las sostiene, para no caer en un precipicio caótico y vertiginoso.
A pesar del refuerzo de cristales diseñados con el propósito de no romperse, -salvo por un inmenso impacto que resultase un accidente de dimensiones gigantescas-; sus pies están apoyados en la parte que ciega el fondo del paisaje, a varios metros de altura; es decir que se encuentran parados sobre el borde que contornea y atraviesa el suelo, con el fin de crear una sensación de máxima seguridad.
Aquello que constituye un borde reconocible, delimitando una forma a la cual ver, tocar y reconocer como segura; impide a su vez que la vista comunique al cerebro, la sensación de estar derrumbándose sin salvación.
Aún así pareciera que falta algo más para tener la certeza de ocupar un lugar, un punto determinado y bien definido en el espacio; y es por ello que el límite o contorno, no figura sólo debajo de los pies; sino que se extiende alrededor con forma de una baranda.
Ésta baranda de la cual poder sostenerse, impide que el vértigo paralice reflejos e imposibilite acciones; y es por ello que cabría una seria reflexión acerca de lo que denostamos cuando hablamos de ego.
Pareciera ser que últimamente se ha transformado en la función de amurallante del alma; pero sería todo un acto de cosnciencia; -ya que hablamos tan seguido de ella-, poder reflexionar acerca de lo que sucedería al remover de golpe la estructura (representante de nuestro ego); desde donde estas personas, están contemplando la vida. ¿Se pueden imaginar que sentirían si repentinamente se eliminase la plataforma sobre la que apoyan sus pies?
¿Qué sucedería si junto con ella desapareciera la baranda que los contiene?
Todas estas preguntas nos las podemos hacer poniéndonos como protagonistas de la escena, y quizá sea bastante difícil de componer el cuadro completo de sensaciones caóticas que se producirían en nuestro interior.
No obstante, no pueden caber dudas de que tal acontecimiento, nos transportaría a la desesperación, teniendo esa sensación de pérdida irremediable en un vacío imposible de significar.
La desaparición de los puntos de referencia en tiempo y espacio, nos entregarían a la ausencia de puntos coherentes, imposibilitando cualquier ilación, orden y claridad necesaria para tomar decisiones, reflexionar y pensar.
Descenderíamos estrepitosamente al caos absoluto, y junto con ello, al desconocimiento del suelo que pisamos o el sitio que habitamos.
La nada sería el único punto de referencia posible; e imaginar a la nada, por más que la confundamos con una fantasía acerca de ella y nos pretendamos extensos e infinitos en un nivel finito; no nos es posible en forma completa salvo que se elimine la estructura del ego.
En ese camino al vacío, el cuerpo aparecería como un átomo que se fragmenta en partículas cada vez más pequeñas; y desapareciendo en el acto lo que conocemos como brazos, pies, y cabeza; tanto literal como metafóricamente; quedaría tan sólo el terror de una nadedad que no nos dejaría en paz hasta desaparecer atomizados en un mundo muy diferente del que el ego estructura.
La función del ego hace posible tanto la mismidad como la otredad, ya que dibuja los bordes que distinguen al otro de mí. La visión de "lo completo", cambiaría totalmente nuestra percepción, y pasaríamos a formar parte de una consciencia global, perteneciente a todos y a nadie, desconociendo a su vez el significado de las palabras "todo" "y" "nadie".
El adiós a las formas sería definitivo, y la ausencia de tiempo y espacio, la nueva ley. Este es más o menos el resultado de lo que se vivenciaría a causa de la pérdida de las referencias; y de la entrada a un mundo en donde todo se quiebra como el cristal y las estructuras que antes nos sostenían sobre el seguro y concreto suelo-mundo.
Si el ego desaparece, desaparece la posibilidad de toda distinción, y sería algo así como si el inconsciente, inundara por completo nuestra consciencia. Eso que hoy llamas "loco", "insano", "enfermo", es lo que paradojalmente se ensalza al hablar de lo fatídico del ego; y sin embargo quisiera ver cuántos new agers son capaces de vivir emanando "luz" y "bendiciones", al convivir con uno de ellos.
Por supuesto, hay egos de todos los colores y tamaños, porque todos somos de muchos colores y tamaños; no obstante si hay algo que por ahora y en este nivel de evolución, no podríamos hacer, es imaginarnos sin él; pues eso es quizá lo que en la actualidad llamamos muerte.
Gabriela Borraccetti

Los cambios que no cambian nada



Los cambios jamás se hacen optando por pasarnos a la vereda de enfrente, ya que irse a la otra punta cuando algo se nos hace intolerable, es simplemente una reacción; algo que se hace "en contra de" o " por oposición a", pero no por elección libre del Alma.
Este actuar oponiéndonos a una situación, a una persona, a un grupo, o a una idea; describe una conducta cuyo distintivo, es el girar en torno a un eje cuyo tema central, define nuestra la vida.
En esta situación, no hay nada que podamos decidir porque queremos, -aunque no faltarán argumentos que expliquen una y mil veces, que somos muy diferentes de aquello de lo cual intentamos huir o tomar distancia-; pero sí tendremos argumentos para fundamentar que hemos elegido tal camino, gracias a una cantidad de "CAUSAS" que nos han motivado.
Cuando las "causas" -y no las naturales circunstancias-, nos motivan a cambiar, en el fondo, podríamos encontrar que reproduciremos una situación similar al actuar empujados y no convencidos.
Es característico del "reaccionario", comportarse igual que aquellos a los que critica; y aunque parezca un ejemplo trillado, en las izquierdas y derechas políticas, más de una vez o casi siempre, no podremos distinguir quién es más o quien es menos autoritario a la hora de imponer sus ideas.
Lo mismo sucede con los hijos que se quejan de padres severos, terminando en la adultez por seguir siendo idénticos a lo que siempre habían criticado, y repitiendo: -"al final los viejos tenían razón".
Este tipo de situación, describe que en lugar de habernos distinguido, nos hemos mantenido igual todo el tiempo; pues ser reaccionarios, no es síntoma de flexibilidad, ni de originalidad, y menos de ser conscientes de la necesidad de cambiar; por el contrario, nos mantiene en un péndulo que se encuentre en el polo en que se encuentre; oscila por la fuerza que le imprime el impulso y no la decisión que parte del equilibrio.
Los cambios reales se deciden y llevan a cabo desde el balance y la armonía; y recuerda que el péndulo oscila, pero nunca se independiza del reloj que le marca el tiempo.
Gabriela Borraccetti